En este año que celebramos cuatro décadas de existencia y de labores ininterrumpidas, la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano quiere rendirle un homenaje a algunas obras que hoy reconocemos como clásicos del cine nacional y cumplen también cuarenta años. Por supuesto no es una coincidencia menor: son cintas que reunieron grandes esfuerzos, que se configuraron como joyas del cine de culto en el país y que crecieron junto a la Fundación. Por eso, en el marco de esta celebración, queremos destacar su importancia,  porque al recordarlas también resaltamos  la tarea que nos ha ocupado todos estos años, cuidar aquellas obras que configuran la memoria audiovisual del país.

 

Es crucial recalcar que, muchas de estas fueron restauradas en la Fundación, como parte de nuestra misionalidad de conservar, preservar, restaurar y circular el bien cinematográfico de la nación. Algunas de estas son: La Mansión de Araucaima (dir. Carlos Mayolo, 1986), Visa USA (dir. Lisandro Duque Naranjo, 1986), A la salida nos vemos (dir. Carlos Palau, 1986), Pisingaña (dir. Leopoldo Pinzón, 1986), La boda del acordeonista (dir. Luis Fernando Bottía, 1986) y Mariposas SA (dir. Dunav Kuzmanich, 1986).

 

Sin embargo, también existen obras muy importantes dentro de la historia del cine colombiano que se estrenaron en 1986 y fueron restauradas a partir de los soportes fílmicos que reposaban en el acervo de la FPFC, algunas son: Celador o imagen (dir. Jorge Echeverry), San Antoñito (dir. Pepe Sánches), y otras de corte documental como La mirada de Myriam (dir. Clara Maria Riascos) que hizo parte del colectivo Cine Mujer, Ceremonia del Benkuna (dir. Jaime Osorio Gómez, Mauricio Pardo), El milagro de Chiquinquirá (dir. Jairo Pinilla), La bandola criolla (dir. Ofelia Ramírez, Fernando Riaño) y por supuesto algunos capítulos de la emblemática serie Yuruparí de Gloria Triana como Cumbia sobre el río (dir. Gloria Triana), Pablo Flórez (dir. Jorge Ruiz Ardila) y  Lunes de feria (dir. María Regina Pérez, Juan José Escobar).

 

Queremos entonces repasar algunas y es imposible no empezar por una de las más representativas de nuestro cine. Con La mansión de Araucaima abrimos este año nuestras sesiones de Memoria Activa, -una serie de encuentros virtuales en los que conversamos de  distintas películas realizadas en el país-. La película, que Carlos Mayolo rodó en 1986, se consagró como una pieza del gótico tropical, un género único en la región y profundamente nuestro. Su origen, sin embargo, surgió de una apuesta, pues según cuenta Luis Ospina, la novela que Álvaro Mutis publicó en 1973 nació para demostrarle a Luis Buñuel que el terror gótico también podía darse “en una tierra caliente”.

 

Años más tarde, Mayolo —junto a Ospina, su compañer de “Caliwood”, como editor y actor de reparto— retomó la idea y adaptó el libro buscando una atmósfera fantasiosa en una vieja y misteriosa casona tropical en la que conviven el dueño, un fraile, un piloto, un sirviente, un guardián y la Machiche, una mujer madura y dominante; hasta que, por azares del destino llega una joven modelo que desata toda clase de pasiones.

 

De ese universo de fantasía pasamos a otro, esta vez bañado por el Caribe, La boda del acordeonista, con la cual, su director, Luís Fernando “Pacho” Bottía fue acreedor del premio a Mejor Ópera Prima en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, Cuba; este filme es la prueba de que vale la pena retratar lo fantasioso en el cine colombiano, y de que se puede conversar con esas historias o mitos generacionales de distintas regiones del país. Allí, Adel, un cantor que deambula por los pueblos de la costa tocando su acordeón y enamorando muchachas, conoce a Blanca y acepta casarse con ella e irse a vivir a Barranquilla. Pero la misma noche de la boda es seducido por La Mohana, diosa de las aguas sobre cuya leyenda los viejos narran más de una historia, y quedará obsesionado con ella. Lo cotidiano y lo mítico se confunden, como tantas veces ocurre en el imaginario de la   costa caribe colombiana.

 

El cine de provincia también tuvo su gran momento hace cuarenta años, el joven director Carlos Palau, nacido en Tuluá, acababa de obtener la estatuilla India Catalina del Festival Internacional de Cine de Cartagena por su ópera prima, A la salida nos vemos, y entraba así por la puerta grande de nuestra cinematografía. La película narra la vida de un grupo de colegiales adolescentes que intentan adaptarse a las exigencias de los religiosos de su colegio mientras descubren, lo que es de verdad la vida. Cuatro décadas después, Palau no ha defraudado a los amantes de su obra, y recientemente en la 65.ª edición del Festival Internacional de Cine de Cartagena recibió un merecido homenaje a su trayectoria.

 

La perspectiva de la no ficción es igual de valiosa en la cinematografía nacional, allí destaca el legendario colectivo Cine Mujer con su corto documental La mirada de Myriam, dirigido por Clara Maria Riascos, este colectivo que fue fundado en en 1978, quiso poner a las mujeres en un lugar visible en el cine nacional, no solo desde la exploración de narrativas como la maternidad o las desigualdades de género; sino también desde la creación, utilizando así, al cine como herramienta social y política, demostrando que los esfuerzos entre mujeres sin duda marcan precedentes. La exploración de la cotidianidad siendo mujer se representa en este documental donde vemos a Myriam, quien para asegurar un techo para su familia, repitió la historia de su madre al ocupar un terreno baldío; no obstante, está decidida a romper el ciclo de maltrato y amargura que sufrió en su niñez, siendo este el motor con el que busca consolidarse como líder comunitaria.

 

Hablando de mujeres, no podríamos cerrar este recorrido sin la televisión, porque allí también se hizo patrimonio. Entre 1983 y 1986, financiada por FOCINE, se produjo Yuruparí, la serie documental que con sus sesenta y cuatro capítulos emprendió un viaje cultural a lo largo y ancho del país. Dirigida por Gloria Triana, conocida como “La incansable”, quien se dio a la tarea de mostrar otras formas de las comunidades de relacionarse con el mundo.

 

Triana llevó por primera vez a la televisión colombiana las costumbres y diversidades de esa otra Colombia que en los años ochenta apenas se conocía. Su mayor logro fue el enfoque antropológico de cada episodio, que convirtió a la serie no solo en una joya de la pantalla chica, sino en una referencia para entender cómo un ritual o una festividad se vuelve tradición. Cuarenta años después, estas obras siguen vivas y capítulos como Cumbia sobre el río, Pablo Flórez y Lunes de feria, han pasado por nuestros laboratorios, sobre los cuales nuestro equipo ha realizado un impecable trabajo de restauración.

 

Las pasiones del Valle del Cauca, las leyendas del Caribe, el cine realizado por mujeres y esa Colombia profunda mostrada en la televisión es sin duda memoria audiovisual: uno de nuestros mayores patrimonios. Sin la labor de custodia, preservación y restauración buena parte de este legado habría quedado reducido al olvido.  Por eso, mientras celebramos nuestras propias cuatro décadas, reafirmamos la tarea de siempre y seguiremos cuidando estas imágenes, porque preservar estos legados es preservar nuestra historia.