En  los últimos meses el sector audiovisual ha sufrido grandes pérdidas: Patricia Castaño y Alberto Amaya, grandes productores y promotores de una televisión pública de calidad; dos personas que entregaron su vida a producir contenidos que hoy constituyen un legado audiovisual para Colombia.  Desde la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, institución dedicada a custodiar la memoria audiovisual del país, exaltamos  a quienes, como Castaño y Amaya, hicieron de las imágenes y los sonidos un territorio para pensar, cuestionar y construir nación. Su legado es, en sí mismo, una forma de patrimonio: un conjunto de obras, prácticas y saberes que perdurarán más allá de la fugacidad del tiempo. Recordarlo es también reafirmar la importancia de quienes han dedicado su vida a narrar y preservar nuestros relatos.

 

Patricia castaño

En tiempos en que la comunicación enfrenta desafíos de credibilidad y profundidad, la trayectoria de Patricia Castaño se erige como un recordatorio luminoso de lo que los medios pueden ser cuando se ponen al servicio de la educación, la cultura y la transformación social. Con cinco décadas de trabajo ininterrumpido, su legado demuestra que es posible contar historias con sensibilidad y rigor, formar audiencias críticas y fortalecer la democracia desde la pantalla.

Graduada como trabajadora social de la Universidad Javeriana, con estudios de maestría en Swansea, y especializaciones en comunicación en Holanda y el Reino Unido, Patricia Castaño construyó un perfil profesional donde la reflexión humanista se integró con las herramientas del audiovisual. Su incursión en el cine y la televisión documental en los años 80 coincidió con un momento clave del país: una Colombia que buscaba nuevas formas de alfabetización, participación y ciudadanía. En ese contexto, fue parte esencial del proyecto masivo de alfabetización CAMINA, impulsado por el gobierno de Belisario Betancur, una experiencia que le permitió comprender la comunicación como un vehículo de acceso al conocimiento. Asimismo, su trabajo en televisión educativa y ambiental para la CAR llevó contenidos de calidad a Bogotá y sus zonas rurales, consolidando el rol pedagógico de los medios en entornos urbanos y rurales.

Uno de los hitos fundamentales de su carrera fue dirigir el proyecto de formación de capacidades de la BBC en Elstree, en el marco de la reestructuración de INRAVISIÓN, hoy RTVC. Desde allí, aportó a la profesionalización del sistema público de televisión y a la articulación entre medios, educación y cultura, en coordinación con el entonces Ministro Fernando Cepeda Ulloa durante el gobierno de Virgilio Barco. Su aporte le valió una beca honorífica del Consejo Británico para continuar su formación en cine y televisión en la Open University y la BBC, distinción que reconoce solo a quienes han demostrado excelencia e impacto público.

El país audiovisual también le debe una parte sustancial de su renovación a la fundación de Citurna Producciones en 1986, junto a Adelaida Trujillo y Doris Eder de Zambrano. Desde esta casa productora pionera, Patricia impulsó producciones documentales, contenidos infantiles y televisión de carácter pedagógica que alcanzaron más de 30 canales internacionales y obtuvieron más de 20 premios en festivales como La Habana, IDFA, Banff, INPUT o Valladolid, incluyendo dos Emmy UNICEF, el Prix Jeunesse y el Japan Prize. Su obra audiovisual no solo entretuvo: educó, acompañó y planteó preguntas profundas sobre el país.

En 1999, junto con Adelaida Trujillo, fundó Imaginario, organización de la sociedad civil que renovó la manera de pensar la comunicación para el cambio social. Allí promovieron la participación ciudadana, el respeto de los Derechos Humanos, la convivencia y el uso de los medios como herramientas de diálogo. Su trabajo ha influido en políticas, instituciones y generaciones enteras de productores, educadores y comunicadores comprometidos con el bien común.

El reconocimiento otorgado en enero de 2025 por la Alcaldía Mayor de Bogotá —la Medalla Orden Civil al Mérito Ciudad de Bogotá, en el grado de Comendador— simboliza la dimensión de su legado. En palabras del alcalde Carlos Fernando Galán, “al país, a la cultura, a la educación y a la televisión pública les ha quedado algo suyo, una gran marca de su pasión por la vida y por el servicio”. Esa marca, que hoy celebramos, es una invitación a volver a creer en la fuerza transformadora de los medios. Patricia Castaño nos deja una lección indeleble: la comunicación puede ser un acto de servicio, una herramienta de construcción democrática y un puente hacia una sociedad más justa, más crítica y más humana.

 

Alberto Amaya

La reciente partida de Alberto Amaya deja un gran vacío  en el sector audiovisual, no solo por su extraordinaria trayectoria profesional, sino por la impronta que marcó en cada uno de los proyectos que tuvo la posibilidad de trabajar , que para su caso no fueron pocos.

Formado en The City University of New York, donde obtuvo una Maestría en Ciencias de la Televisión y la Radio, así como una Licenciatura en Artes con especialización en Ciencias de la Comunicación y una subespecialización en Cine, Alberto Amaya regresó a Colombia con una convicción firme: abrir caminos para una producción audiovisual rigurosa, sensible y comprometida con la cultura. En televisión, su huella fue amplia y diversa. Fue productor general de series emblemáticas emitidas en espacios nacionales, entre ellas Especiales de Fin de Siglo (Caracol), De amores y delitos, Talentos, Travesías y Yuruparí, programas que forman parte del imaginario televisivo del país. También fue director de producción del documental Nukak-Maku, obra que evidencia su compromiso con temas sociales, territoriales y comunitarios.

Entre 1992 y 1999, Amaya se desempeñó como Productor General de la Compañía de Informaciones Audiovisuales del Ministerio de Comunicaciones, periodo en el que contribuyó a consolidar una visión pública del audiovisual como herramienta para el conocimiento y la memoria. Su paso por esta entidad fue fundamental para fortalecer los vínculos entre instituciones estatales, creación documental y políticas de comunicación.

Su vocación cinematográfica lo llevó igualmente a dejar una huella profunda en la gran pantalla. Fue productor ejecutivo de documentales, mediometrajes y largometrajes que hoy hacen parte de la historia reciente del cine colombiano. Entre ellos: La primera noche, La boda del acordeonista, Ensalmo, Lo mejor de mis navajas, Aroma de muerte, Semana de pasión, La pasión de Gabriel y Dos mujeres y una vaca. A estas producciones se suman documentales realizados para televisión como Lo que la tierra no perdona y La paradoja del brillo, piezas que evidencian su honesta preocupación por los conflictos humanos, las tensiones del territorio y las sensibilidades que emergen en los márgenes del país.

Pero quizás uno de los legados más valiosos de Alberto Amaya fue su labor en el ámbito académico. Como profesor de la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional de Colombia, acompañó a generaciones de cineastas que encontraron en él un maestro atento, firme y apasionado. Su trabajo pedagógico no solo se manifestó en las aulas sino en su capacidad para abrir discusiones, compartir oficios y promover la responsabilidad ética del cineasta con su entorno. Su colega y directora de la Escuela, Libia Estella Gómez, lo recuerda con palabras que hoy resuenan más que nunca: “Alberto Amaya fue un hombre imprescindible, trabajó con ahínco y pasión en cada proyecto en el que se metió, así fuera una película, o la mismísima Escuela de Cine y Televisión. Se fue dejando una huella que perdurará en generaciones de cineastas. Mucho tenemos para agradecerle desde la Escuela y desde el cine colombiano”.

Para la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, estas palabras dialogan profundamente con nuestra misión. Amaya fue, en esencia, un hacedor de memoria: alguien que entendió que cada encuadre puede ser un archivo futuro, que cada obra es un testimonio de una época y que la producción audiovisual no solo registra imágenes, sino también las sensibilidades y las preocupaciones de un país en permanente transformación. Su obra y su enseñanza son herencia viva de las múltiples maneras en que Colombia se ha narrado a sí misma.

Hoy, cuando su ausencia se convierte en presencia simbólica, reafirmamos nuestro compromiso de preservar y difundir la memoria audiovisual de la nación, un esfuerzo que se nutre de figuras como la de Alberto Amaya. En su trabajo —disciplinado, visionario y profundamente humano— encontramos una brújula para pensar el oficio del productor y el rol del cine y la televisión en la construcción del tejido social.

A su familia, colegas, estudiantes y amigos extendemos nuestra solidaridad y reconocimiento. Su legado perdura en cada obra que impulsó, en cada estudiante que formó y en cada proyecto que defendió con convicción. Su nombre seguirá inscrito en la historia del audiovisual colombiano, no solo por lo que hizo, sino por la manera en que lo hizo: con una mezcla infrecuente de rigor, sensibilidad y compromiso.

La Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano honra su memoria y celebra su vida. Porque en cada imagen preservada, en cada relato rescatado y en cada archivo restaurado, también habitan quienes dedicaron su existencia a que esas historias no se perdieran. Y entre ellos, con plena certeza, está Alberto Amaya.

Gracias Patricia, Gracias Alberto! Vivirán siempre a través de su legado!