Hace 130 años, el mundo asistió al nacimiento de una forma de arte que cambiaría para siempre la manera en que percibimos la realidad: el cine. Desde aquella primera proyección pública de los hermanos Lumière en 1895, las imágenes en movimiento han tejido un relato colectivo que trasciende generaciones y fronteras. Hoy, cuando celebramos más de un siglo de cine, también reconocemos el papel fundamental que cumple la memoria audiovisual en la construcción de nuestra identidad. En Colombia, esa tarea de custodiar y mantener viva la historia cinematográfica la ha asumido la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.

Una linterna mágica que ilumina el tiempo

El cine nació como una curiosidad técnica, un espectáculo de feria, pero pronto se convirtió en el arte por excelencia del siglo XX. A través del cine hemos podido viajar en el tiempo, explorar mundos imaginarios, entender conflictos sociales y emocionales, y sobre todo, conservar retazos de memoria. Colombia, como muchos países latinoamericanos, abrazó este arte desde sus inicios. A pesar de los desafíos históricos, económicos y políticos, el cine colombiano ha sobrevivido, mutado, resistido. Películas, noticieros, registros familiares y comerciales componen un archivo inestimable que da cuenta de quiénes fuimos y quiénes somos.

Preservar para recordar

El paso del tiempo, la fragilidad de los materiales y, en ocasiones, la falta de conciencia sobre la relevancia de los archivos, han puesto en riesgo la existencia misma de nuestra memoria audiovisual. Muchas cintas han desaparecido, muchas otras están deterioradas, y otras más sólo sobreviven gracias al esfuerzo técnico y humano de restauradores y archivistas.

La Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano no solo ha rescatado y digitalizado miles de horas de imágenes, sino que ha sido un apoyo activo y permanente en la construcción de políticas públicas, redes de investigación y procesos de formación alrededor de la preservación audiovisual. Su trabajo no es simplemente técnico; es profundamente cultural y político. Salvar una película antigua es salvar una voz, un acento, una mirada al país que fuimos.

La memoria como acto de resistencia

En un mundo saturado de imágenes fugaces, rescatar aquellas que alguna vez parecieron condenadas al olvido es un acto de resistencia. Cada rollo de película rescatado, cada negativo restaurado, cada video digitalizado, es una victoria sobre el silencio y la pérdida. La memoria fílmica no solo se guarda: se reactiva, se resignifica, se comparte. Este editorial es, por tanto, una celebración, pero también un llamado. Porque si bien hemos recorrido 130 años desde aquella primera proyección en blanco y negro, la historia del cine —y de su preservación— continúa escribiéndose día a día. Que estos 130 años del cine nos encuentren comprometidos con la imagen, con la palabra, con la memoria. Porque recordar, al fin y al cabo, también es un acto de resistencia.