El patrimonio audiovisual de un país no está hecho únicamente de películas, fotografías, grabaciones y documentos que resisten el paso del tiempo. También está construido por las personas que han dedicado su vida a estudiarlo, preservarlo, interpretarlo, enseñarlo y compartirlo. Son quienes, desde la crítica, la investigación, la creación, la programación y la formación, han contribuido a que el cine colombiano encuentre espacios de reflexión, reconocimiento y encuentro con sus públicos. Recordarlos es también reconocer que la memoria de una cinematografía se construye a través de las obras, pero, sobre todo, de las personas que les dan sentido y las mantienen presentes.

En este camino, Augusto Bernal Jiménez y Juan Guillermo Ramírez ocupan un lugar significativo en la historia cultural y cinematográfica del país. Desde distintas trayectorias y formas de aproximarse al cine, ambos hicieron de las imágenes en movimiento un territorio para el pensamiento, la formación y la construcción de una cultura audiovisual crítica.

Sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia, Augusto Bernal Jiménez (1955–2026) dedicó su vida a explorar el cine desde la crítica, la edición, la programación y la enseñanza. Como fundador y director de la revista Arcadia va al cine, contribuyó a consolidar espacios para la reflexión cinematográfica; como editor de la colección Historia Social del Cine en Colombia, participó en la construcción de una mirada histórica sobre nuestra cinematografía. Su paso por la dirección del Departamento de Cine del MAMBO y de la Cinemateca de Bogotá, entre 1988 y 1990, dejó también una huella en los espacios de exhibición y circulación cultural. En 1998 fundó la Escuela de Cine Black María, desde donde acompañó durante dos décadas la formación de nuevas generaciones de realizadores. Su legado permanece en las preguntas que despertó, en los conocimientos que compartió y en las personas que encontraron en el cine una forma de comprender el mundo.

La trayectoria de Juan Guillermo Ramírez, fallecido en marzo de 2026, estuvo igualmente marcada por el compromiso con el pensamiento cinematográfico. Filósofo de formación, fue docente, investigador, crítico, programador y periodista cultural. Su trabajo en la programación de la Cinemateca de Bogotá y su labor pedagógica en numerosas instituciones de educación superior contribuyeron a formar públicos, estimular el análisis y acercar distintas generaciones a la historia, la estética y la teoría del cine. Desde medios impresos, publicaciones especializadas y espacios radiales, llevó la reflexión cinematográfica a diferentes escenarios, convencido de que ver una película también implica interrogarla, situarla en su contexto y reconocer las ideas que habitan en ella. Su recorrido articuló la academia, la crítica y la divulgación, dejando una contribución importante al desarrollo del pensamiento audiovisual colombiano.

Sus caminos nos recuerdan que preservar el patrimonio cinematográfico no consiste solamente en proteger los soportes que contienen las imágenes. También significa conservar y transmitir los conocimientos, las interpretaciones y las experiencias que permiten comprenderlas. La crítica, la investigación y la formación hacen parte de esa memoria: nos ayudan a reconocer el valor de las obras, a situarlas en su tiempo y a descubrir en ellas las huellas de nuestras transformaciones sociales y culturales.

Esta memoria colectiva se ha enriquecido, además, con los aportes de muchas otras figuras que ya no están con nosotros, pero que realizaron una gran contribución al desarrollo del cine y la cultura audiovisual en Colombia. Actores como Salvo Basile, Waldo Urrego y Gustavo Angarita, junto con Flor Vargas, Socorro Ortega y Germán Quintero, forman parte de una historia compartida de creación, interpretación y trabajo cultural que merece ser reconocida y transmitida a las nuevas generaciones. Sus trayectorias, desde distintos oficios y experiencias, también hacen parte de ese tejido humano que sostiene nuestra memoria cinematográfica.

Desde la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano entendemos que honrar a quienes han dedicado su vida al cine es una manera de reafirmar nuestro compromiso con la memoria audiovisual de la nación. Sus aportes permanecen en las publicaciones que nos permiten volver sobre una historia, en las películas que siguen encontrando espectadores, en las aulas donde se forman nuevas miradas y en las conversaciones que mantienen vivo el pensamiento cinematográfico.

Recordar a Augusto Bernal, a Juan Guillermo Ramírez y a quienes han contribuido a construir nuestra cultura audiovisual es reconocer que el patrimonio también está hecho de saberes, afectos, ideas y legados humanos. Porque las imágenes pueden atravesar generaciones, pero son las personas quienes nos enseñan a mirarlas, a interrogarlas y a comprender por qué merecen ser preservadas.

Su ausencia nos invita a volver sobre sus aportes; su legado nos recuerda que la historia del cine colombiano continúa escribiéndose cada vez que una obra se conserva, una película se proyecta, una idea se comparte y una nueva generación descubre en nuestras imágenes una parte de su propia historia.